miércoles, 16 de diciembre de 2015

Besos

Los besos saben a despedida. Los besos saben de despedidas. Los besos anticipan, siempre anteceden. Advierten, avisan, sugieren. Suelen hablar bajo, casi en susurro después del primer beso, en esos momentos únicos de despegue que vaticinan un segundo, tercer, cuarto beso y en ese impase se empieza a delimitar un futuro. Nadie los escucha. Una voz que se irá incrementando en intensidad directamente proporcional a la cantidad de besos, y que llegará a su máxima intensidad en el último, que se besa como tal pero que nunca se presenta así en la previa.

Me gustan los besos en el cachete que son anteriores a los labiales. Esos que forman un camino entre el deseo y su consecuencia más inmediata. Me gustan los besos que callan antes, durante y después. ¿Quién podría agregarle siquiera una coma a ese acto?  Me gustan los besos por celular y que luego se replican en el devenir.  Me gustan los besos suaves, los que empiezan de poco, como aquellos repentinos cargados de una espera insoportable. Me gustan los besos al rayo del sol porque se calienta tu cara y puedo enfriarla con mis labios que están frescos después de unas copas. Me gustan los besos nocturnos que van a la oscuridad pero que hacen sentir bien y prenden. Los besos ciegos, exploradores, aquellos desconfiados. Cuánto miedo dan los besos que van a lugares desconocidos, aparentemente de ingreso prohibido y qué felicidad cuándo van quedándose; mientras tus pupilas se dilatan. Tu cuerpo se acerca. Gustan. Me gusta.

Los besos en escapadas, clandestinos, a las apuradas, en la cama, parados, apoyada en mi cuerpo, los que sorprenden de atrás. Los anteriores a los abrazos, a que te apoyes a mis hombros porque ya no soportas más eso que silencias. Me gustan. Los que buscan seducir, los resultantes del amor, los cortos que van en punta, los que salen del aburrimiento, como los que felicitan, avalan, certifican y sellan: me gustan.

La despedida como aquello que intenta delimitar a lo inexplicable mediante una palabra. ¿Quién entiende que dos corazones se rompan porqué sí? ¿Quién me garantiza que es lo mejor? ¿Adónde van los abrazos, dónde quedan los recuerdos comprados por ambos, las mejores risas, las anécdotas, los brindis? ¿Qué despedimos? ¿Se puede despedir? ¿Quién despide a quién? ¿Cómo termina esto? Despedida, mala palabra pero utilitaria a los fines, ¿Qué pasará con ese amor? ¿Es utilizable por alguien o queda así en la nada? ¿Existe en la nada?, o peor, ¿puedo ir a buscar algo a la nada? Demasiadas preguntas, propias de las despedidas. Las que no sabe muy bien qué pasó, cómo, cuándo. Algo se rompió y se huyó, se escapó, nos perdimos. Pero algo me quiero centrar en los besos visionarios.

Los besos saben de antemano si un amor durará, si esa mujer es digna de recorrer kilómetros puertas adentro de este cuerpo. Los labios son la primera frontera. Tienen tacto. Quizá ahí está su magia. Pueden palpar un amor siempre tan intangible. Quizá allí también radique porqué saben a y de despedidas: los amores huyen por la boca, tanto en palabras, dolorosas palabras, y en besos. Siempre supe que te ibas. Incluso cuando te abracé y nos dormimos, en esas tantas noches mentirosas. También lo sentí con el calor y la tarde melancólica que vino a continuación. Los besos me dijeron que lo disfrutara porque se acababan. Los besos me acogotaron con el "yo te lo dije...". Uno no quisiera creer en su percepción, y usa otras sin puntería, más acorde al enamoramiento. Los mejores besos, paradójicamente, son los que se van. Debe ser porque cuando perdemos la naturalización del besar  y recordamos el menester de ser besados por esos labios, los intentamos aprovechar. Son mejores besos porque están llenos de ese no sé qué.

Esos besos son los mejores porque al ser los últimos volveremos sobre ellos, apretaremos los labios, los moveremos de manera conjunta para buscar el sabor del pasado, de la despedida, de la imposibilidad de explicar algo posible: ya no estamos juntos. En esa lluvia pobre labial nos intentaremos refrescar, volver a sentir y a recordar. Sin embargo, nos tendrán de hijo porque llegan los cuestionamientos como "porqué no lo bese así", "para qué me detuve" y tantas otras formulaciones banales que no tendrán sentido porque fueron excelentes. Exquisitos. Inmejorables. Y esos últimos besos serán el punto en común de todos los demás recuerdos.

Mis besos me lo anticiparon, me la señalaron, indicaron que venía el dolor, besé, besé y más besé, los intenté acallar y sólo me quedé con unos besos de despedida. A un corazón colgado en la plaza, le quedan unos besos de despedida mirándolo desde el alrededor.

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