viernes, 9 de octubre de 2015

Adiós

Los adioses no se dicen, se hacen.

Hablemos del adiós preciosa, y haceme precio. Los hasta nunca lo paga el perjudicado... y la otra parte se lleva gratis los sentimientos, creencias, secretos, intimidades, miedos del deudor, que se multiplican sistemáticamente por vacíos intransitables que lanzan golpes desde todos los costados.

Mareado te diría que te extraño.

Desearía, ya con la insolencia del fastidio y la angustia que desfigura mi cara, poder sincronizar de acá a un mes, ponele, el olvido. No quisiera olvidarte ya, no es que no ande apurado, sino que al menos te pienso en borracheras amistosas, en soledades azules y con canciones lentas que me desean suerte. Pensándote te tengo un rato más conmigo, quizá la racionalidad del dolor sea la cura a la terquedad de este amor, que anticipó, desvariando, el final. Callada ahí, sin un torbellino de mentiras que desbaraten a la verdad, con tus tobillos pequeños, una mirada que traspase la cara de este estúpido y encuentre algo  para entretenerse- entretenernos-, con una piel que cuando se deja mostrar estremece a los dedos que se acurrucan para no tocarla, o romper algo que se ve tan frágil y hermoso. Tu piel esconde su capacidad asombrosa de la opacidad amorosa. Sin embargo, si llegas a pasar un rato por ahí, te desean suerte. Te abracé hermosa, con sumo cuidado, aunque terminé pagándolo y me llevaste sin protección a las miserias de tu desamor. ¿Por qué hablas? ¿Por qué no me escuchas?

Te fuiste y dejaste en banda a las promesas que hablaban solas sobre unos almohadones. Pero claro, sos oído sordo a la felicidad. Tu recepción del otro está en mora.

A pesar de la hora nocturna, mis tristezas desayunan un pan con queso en el living de este hogar por el cual caminan a taco alto y beben mis últimas ganas de seguir con un desprecio como si fueran una gaseosa de mala muerte. Para colmo, hacen gárgaras y estragos al frente de este tipo acostado debajo de un perro que le promete fidelidad.

No es el momento para fotografías, estos son los momentos más caros del olvido, de todas maneras creo sentir un cobro de intereses desmedido. Todos parecen esconderse de la posibilidad de instalar en su mente estos fragmentos puros de la hijaputez de ponernos acá, porque carecemos de toda protección, creencia, somos peces pataleando en gotas de agua que salen de nuestros ojos. Quién quisiera verse desnudo y desprotegido ante el otro, desnutrido de amor, hambriento de cariño, sediento de una espera desinteresada, carente del color que otorgan los abrazos. Ya que andamos por acá, te habría agradecido si hubiese habido un abrazo, un perdón, un silencio. Ahora ando tirando los brazos buscando alguna cadera que desee darme asilo nocturno porque las noches me entregan palizas estremecedoras.

Las patas sucias hablan a la legua que transito el olvido. La que no aparece es la respuesta ante la pregunta de cuándo termina. Me gustaría sentir que mientras doy rodeos en un lodo violento, me abraces un rato. Que vea tus pies parándose en punta, consolándome. Te pago el olvido, pero abrázame. Y cállate. Por favor. No arruines, posiblemente, el gesto más digno que podrías tener. Sosteneme hasta que sienta que puedo volver a caminar. Huí, si eso es lo que tanto queres. Pero ahora, abrázame en silencio. Y que hable la promesa del tiempo, que por ahora patea alivios con dos piernas izquierdas.


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