Ando a los revolcones literarios, acariciando sangrías, poemas, mayúsculas. Miren a la minúscula haciéndose cadena; es una sinvergüenza. El punto es un buen divisor entre tanta verborragia. Con las dos piernas en simultaneo pateo este colchón de letras para definirte, hablarte, escribirte, soñarte pero no encuentro el ascensor que me lleve al estado literario más sutil, que está en el cuarto piso con camarones, champan y unas señoras luciendo tapado de piel que gotean "hija de puta... hija de puta... hija de puta"
Otra vez estoy pensando en vos entre algodones pegados con una cinta blanca que me quita hasta los últimos pelos. Pelado, casi sin lagrimales, olvidándote pero recordándote entre esos mentirosos olvidos: puertas que me conducen a ventanas que me hacen el vacío hacia una entrada horizontal, bajando la escalera converso con el diablo y acabo moreno.
¿Cuántas veces pienso en vos y vos en mí? Serían números, extremos dolorosos, a los cuales evito tocarles el hombro. Me perfumás las intenciones y me echas Raid en la cara. No puedo avanzar ni continuar con rollers que me hacen pasar de largo. ¿Por qué te pregunto tanto y me respondes tan poco? ¿Por qué yo te debo interrogar y tu nunca me consultas nada? ¿Acaso te gusta el juego de mesa periodista- famosa? Necesito que me des el vuelto. O una propina. Como última, si venís mal, escribime tu número en la servilleta y después arreglamos. ¿Usas whatsapp?
Sé todo lo anterior pero lo tacho entre brazos que me reaniman el corazón, piernas que hacen pie sobre el otro pie, una panza poniéndose miel y un par de flores para atraer mariposas o algún insecto similar, los oídos escuchan lo que se les canta, mis ojos se rifan ante tu belleza. Me quiero negar ante tu negación.
Estaba bien tranquilo, ¿por qué me tuviste que mirar?, ¿quién me mandó a comprar esos boletos si podría haberme alquilado una buena película con una excelente pizza y sacarnos el cuero con la soledad?, ¿adónde estabas tres golpes de knockout atrás? No te habría costado nada acercarme una toalla. No puedo creer esa naturalidad en tu sonrisa, tu espíritu tan mágico y yo acá odiándome por haberme suicidado ante el homicidio de tu figura.
No quiero. No puedo. Pero lo necesito. Te preciso. Te convoco. Te suplico. Te llamo. No me precisás. No me convocás. No me suplicás. No me llamás. Estoy. Estas. No estamos. ¿Me necesitas? Interesante interrogación.
Me doy vuelta, me tapo con "Historias de Diván" y quiero soñar que no estoy tan loco. O al menos espero el turno con el psicólogo para ver qué opina. Yo me sugiero dormir pero este bullicio bailotea por debajo de mi almohada. Y todo suena fuerte, muy fuerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario