miércoles, 24 de abril de 2013

Un hombre que también puede amar

Suspiro entre los manteles de la antelación a un futuro que parece estancarse entre las patas de una mesa sin contracturas.  No voy ni vengo, más allá de los cinco kilómetros de rutina éter. Desearía dejar tu recuerdo en el basurero de la memoria pero no puedo desprenderme del deseo inmediato de saber sobre vos. Garcia me identifica: "porqué me tratas tan bien, porqué me tratas tan mal".

Soy el plan Z3 de cualquier mujer. Tengo que esperar a que te decepciones dos millones trescientos mil doscientas treinta veces de tu amor actual; los cuatros meses que no queres saber nada de ningún hombre; la vuelta del primero; el regreso inexplicable del ex sin muerte, ése maldito que te abandonó y te abandonará porque un hombre jamás cambia: si es un fugitivo de profesión siempre lo será con su orgullo tirándose entre los pelos; debo rogar que no te transformes en monja; que con tu mejor amiga no te emborraches y vuelvas con el primer ex ni con el segundo ex, tampoco que termines en un convento ni que te agarres a un paseador de su aburrimiento; debo desear que no te guste tu amiga; también rezo que tu amiga no se enamore de vos; mucho menos que tu amiga guste de alguno de tu ex; ¡uh! y si se acostó con alguno te encerrarás por tiempo indefinido acribillando al aire electrificado; después deberás descartar toda posibilidad con esos amores de fotografía que tenés en el cuarto sagrado, algo desordenado; recuerdo que seguido te olvidas de cómo estoy; después, mientras espero que pase la melancolía, me contarás cada paso, me describirás cada sentimiento y yo te espero. Quizás al último, con el miedo de morirte sola veas que soy un hombre que puede amar, dejando atrás esa imagen a madera auditiva. Tampoco creo que sea tan mala opción.

Sé de mis melancolías sin justificación recordando una construcción invisible a raíz de la nada. Conozco mis limitaciones externas. Cómo no reconocer esta curvatura que me asecha cada día. Al menos, no me peleo con mi espejo porque no le pido mentiras ni le exijo nada. Soy así, ¿no? Mi moda es única, entre clásico y no sé qué más. No sé contar anécdotas. Por allí me cuesta cerrar puertas sin metales ajenos de bolsillo lateral.

Como contrapartida, desde la vidriera de frente mirando instrumentos, te digo que te cantaría cada beso matutino, cerraría tus penas, te buscaría al trabajo, te devolvería a la cama, te cebaría mates acá, allá, en el sol o en la sombra, escucharíamos música, veríamos películas. No me olvidaría de tu libertad. Déjame amarte. No te pido otra cosa. Del resto de las cosas yo me ocupo. ¿La verdad? Quisiera que salga todo bien, como en mi mente, no prometo nada literario, sólo amor terrenal. Espero que te entusiasme esta publicidad banal, asquerosa y desquiciada de un texto malo acarreado por un escritor que perdió los hilos blancos que sabían manejarlo. Y menos mal que los extravió.

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