domingo, 24 de marzo de 2013

Nunca más

Se sentó en el sillón de siempre, intranquila después de buscar y no encontrar la radio. A su derecha se abrió la pequeña puerta de la habitación saliendo Mercedes: bombacha blanca y el frente desprotegido  Se sentó en la falda de su compañera llevando sus manos a la panza, desde allí se desplazó hacía arriba sacándole su remera. Las tetas se juntaron en besos descomunales, el abrazo vertical se hizo eterno y se empezó a mover la tierra. Se acostaron. Ella se quedó mirando el espejo desde abajo. Desde atrás de la cortina veía un foquito de luz creyendo que era la misma luna que le había bajado su compañera para hacer el amor: tenía sus manos en los muslos de su mujer, gotas que caían en su frente, y unos pies que se hacían base sobre los otros uniéndose en la hermandad.

Duró lo que dura un orgasmo. Un palazo derribo su techo. Sintió adentro suyo un cuerpo extraño; empezó a llover verde. Gritó 3 veces y no recordó más. Despertó. Veía mitad del cuarto pequeño. Estaba mojado el suelo. Le dolía la cara y sentía sed. Se sentía sucia. Alguna que otra arcada por el olor nauseabundo. "¿Dónde está Mecha?", gritaba con insistencia. Los puños se embarraban con la humedad y la desesperación se ahogaba en los tantos charcos dispuestos aleatoriamente en un espacio de tres por tres.

Se pasó el dedo por los labios, que no dejaban de temblar, como intentando reconocerlos mientras ellos navegaban en los besos de tiempo atrás. Los dientes eran murales que retratarían tiempo después el "nunca más". Aunque estaban amarillos se distinguían con exacta precisión cada una de las letras. Se hizo pis encima para calentarse un poco. Temblaba del frío estando desnuda. Se orinaba de a facciones para aumentar la temperatura en cada parte de su cuerpo: primero los pies, después las manos que después le servirían para llevarse algo a los lugares más extremos, acompañados por la fricción del masaje.

Otra vez, sentiría la tormenta verde pero esta vez no se desmayó, se aguantó los gritos y los merecidos "hijo de puta, déjame  cambiándolo por "¿adónde está Mecha?" No respondió. Se paralizó la dictadura y el momento. Sabía que tenía una oportunidad; un uno contra uno poniendo su vida en riesgo: esperó que termine, al momento que quiso abandonarla enterrándola en la humillación utilizó una de sus manos agarrándole el pene bien fuerte exclamándole "¡quiero ver a Mercedes Gómez!" Él reluciendo la risa, le pegó con el bastón que tenía en el suelo y le dijo: "tu novia está muerta, torta puta y la concha de tu madre". Allí se acordó de Perón, de los desaparecidos y que era un pecado mortal construir más allá de las obras de arena. Mecha, en un almuerzo años atrás, le había comentado sobre todo éso, asegurándose que "dejaría la vida por ver al país unificado, grande y potencia mundial" Comprendió que militar ideológicamente era fatal; y que los militares eran asesinos. Se pasó todos los días llorando. Se derrumbó los dos años observándose abajo de armas, sangre e historia.

Tiempo después, ya en democracia, y con tintes de sutileza, decidió contarle a su hijo quién era su padre comprendiendo sobre lo injusto de negarle su historia, como hicieron con los bebés a los que cuales le crearon una nueva identidad. Le dijo que le podía decirle muchas cosas, excepto del nombre de su papá: nunca lo supo. Ella estuvo hasta hace poco militando por la ley de matrimonio igualitario, creyendo que era la única forma de recordar a Mecha. Cuando se sancionó la reglamentación sonrío después de 32 años. Y pensando sobre cómo habría sido su casamiento murió con los dientes amarillos apretados entre si, como no pudiendo dejar el pasado atrás.

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